Por: Alfredo Quichiz

Alguna vez leí en este mismo portal algo que se me quedó grabado. Decía, y lo recuerdo bien, que había dos razones para hacerse hincha de nuestro querido Sporting Cristal: o por tradición o por sentimiento.

Sin embargo, en mi familia, pese a todos ser del Sporting, el único loco que se va al estadio y a donde vaya a jugar soy yo. Y aún recuerdo, como quien recuerda su primer beso, el primer partido que fui a alentarlo. No sé si fue un acto de amor, de locura o de rebeldía pero ese día recuerdo haberme escapado del colegio, había roto el chanchito y compré la que sería mi primera camiseta del Sporting y la entrada a popular. Entrada que, simplemente, cambiaría mi vida para siempre.

No mentiré: estaba aterrado. Había escuchado historias terribles de barras, de violencia, de falsos hinchas pero, como muchas veces en la vida, el amor pudo más. Y ahí estaba. Cada llegada al arco rival era una alegría indescriptible y cada jugada hacia nuestro arco era un sufrimiento tremendo. Creo que nunca sufrí tanto en un partido, no estaba acostumbrado. No es lo mismo mirarlo desde la tv que desde la cancha. Sentí morir con cada balonazo que llegaba a nuestra área. No entraré en mayores detalles del partido ni del score.

Ese Cristal jugaba 15 minutos espectaculares. Encontramos rápido el gol. La tribuna era una fiesta. El abrazo de gol con los desconocidos que estaban al lado representó la comunión única que solo puede causar el fútbol, el amor por un equipo. Sin embargo, apenas a los minutos de nuestro gol, nos marcaron. Nuestras llegadas al arco eran previsibles. No causábamos el más mínimo daño a un equipo como ese José Gálvez del 2009. Cómo odié a ese rival.

Gol contrario. Recuerdo haber sentido muchísima impotencia. Una parte de mí me decía, “vámonos, no merecemos tanto sufrimiento“. La otra, con un tono un poco más firme: “no vamos a abandonar a lo que amamos cuando le va mal, eso no está bien, no somos hinchas del resultado, estamos enamorados de este equipo, de estos colores, de lo que representa“. Era el minuto 85 y lo decidí: “no me voy“. El hincha atrás mío, que creo que intuyó mi conversación interna me dijo “lo vamos a ganar”. Necesitaba escuchar eso.

Minuto 88. Creo que nadie gritaba más que yo en ese momento. Apareció un Pincel y empatamos. Y la hinchada estaba ahí. En ese momento supimos todos que lo podíamos ganar. Que el aliento era inacabable. “Vamos, muchachos“. La voz era una sola. ¿Nos alcanzaría? Última jugada y nos cobraron una falta cerca del arco. Los hinchas nos miramos y dijimos “es esta“. Esta es la jugada que hemos esperado. El que hoy es nuestro capitán se paró frente al balón y, con una magia, nos dio el gol y el resultado que todos esperábamos.

El pitazo Final encontró la fiesta en la tribuna. Sporting Cristal ganó 3 a 2. En ese momento hasta llorar quise. Me suspendieron del colegio porque un auxiliar me vio escaparme. Casi me botan de mi casa. Y pese a eso, ¿saben algo? Valió cada segundo, maldita sea.

Y es por eso que hoy, cuando veo que los resultados no nos acompañan, no pierdo la fe. Porque este Sporting siempre ha sido grande y ha sabido callarle la boca a todos.

Gracias Sporting por tanto. Siempre contigo.

Deja un comentario